viernes, octubre 04, 2002

¿Entoes que?

Este fué el vigésimo tercer de los 24 cuentos seleccionados por el jurado del concurso de cuento corto de EL TIEMPO el año pasado. El argot es 100% bogotano, y lo transcribo en su íntegra aqui porque en el sitio del periódico ya no lo encontré...

¿ENTOES QUÉ?
CARLOS ANDRÉS CHAVEZ

Creo que la vez que la conocí fue el día en que había quedado de encontrarme frente a la panadería en una de las esquinas del parque con el Negro, el Chepe y el Turco, ¡ah! y con «su madre», que así era como le decíamos a una perra que nos habíamos encontrado cerca del Parque de los Mártires cuando estaba recién nacida. Nos pillamos como a las diez de la mañana y nos fumamos un bareto que había traído el Negro, que era el más colino de todos; pero eso sí, la bareta estaba una chimba y nos entraron las severas ganas de caminar, porque cuando uno esta troncho y comienza a caminar le da por pillar las caras de la gente que va pasando y quedarse metido como una güeva en ese video. Creo que fue el Chepe el que después de un rato de haber estado caminando por el centro se comenzó a paniquiar por la mano de tombos que andaban por ahí. Yo le dije que todo bien, que tocaba estar mosca pero que sano. Eso le importó un culo porque después dijo que bajáramos al Tucho a comprar perico, y yo le dije que no, qué paila, que la bareta estaba una chimba y que no había que cagársela así, y que no tenía ganas de meterme en ese embale. Nos dijo que él sí iría, que entonces nos pilláramos después en la entrada del Parque de la Independencia y que por ahí nos compráramos un chorro para bajar la seca, porque con el perico la boca le queda a uno más seca que con la bareta. Le dijimos que listo, que por ahí nos pillábamos en una hora y que mientras él hacía esa vuelta nosotros nos levantábamos algo de billete.

Entonces seguimos caminando por la séptima para ver si alguno andaba en un descuido y le bajábamos aunque fuera un reloj o una cadenita. Pero nada. Uno por ahí daba mucho visaje y la tomba estaba regada por todo lado. Llegamos a la veintiseis con séptima y nada, no pillábamos a nadie que estuviera pagando para hacerle el vuelto. Subimos por esa calle, junto a los puentes, y mientras pegaba otro bareto para el desparche, visajiamos a un gomelo pirobo que acababa de salir de un museo que queda por ahí y que bajaba por la misma calle por la que nosotros subíamos, montado de severa chaqueta Diesel azul y unos Levis que parecían recién compraditos. Boté la bareta y los tres nos pusimos mosca. El Negro se quedó más atrás para echar visaje mientras el Turco y yo nos adelantábamos con los chuzos en la mano. El gomelo se paniquió y quiso salir a correr, pero no le dimos ni mierda de tiempo para que lo hiciera. Le dije quiubo gonorrea, esta chaqueta ya está entrada, y se me va bajando de las botas y el jean en bombas que la vuelta es breve. El pirobo se puso a temblar como una gueva y casi ni podía hablar porque se la pasaba mirando los chuzos que le habíamos puesto, porque eso sí, severa presencia que se gastan estas naves, bien oxidadas y vueltas mierda para meter más pánico, porque la gente sabe que si uno le inyecta una de esas a un paciente la hemorragia es interna y el vivo se nos queda frito al ratico. Tranquilos, yo les doy todo lo que quieran pero no me vayan a hacer nada, decía el pirobo mientras el Negro gritaba que en bombas, que venían unos tombos por la séptima, entonces «tin», patada en las güevas al mancito que estaba ya en pantaloncillos y medias, y de un empujón lo mandamos al pastal que quedaba ahí al lado, para así empezar con severo pique que nos metimos hasta más arriba de la Biblioteca Nacional, donde nos encaletamos en unos árboles para poder pillar como había estado el vuelto. Treinta lucas, una chaqueta, un jean, unas botas y una camiseta. El tumbe había estado breve y quedamos bien montados de billete. Al rato nos bajamos de un árbol y caminamos hacia una cigarrería que quedaba por los lados de la perse. Ahí nos compramos dos botellos de guaro y nos fuimos para donde habíamos quedado de encontrarnos con el Chepe.

El marica se demoró como media hora más en llegar. Pero lo severo (o al menos así me pareció en ese momento) fue que llegó con una vieja rebuena que desde el principio comenzó a hacerme esas miradas tramadoras con sus ojitos azules que más parecían el agua de esas piscinas que hay por Melgar que son una chimbita. Comenzamos a hablar y me dijo que se llamaba Marisol y que se había conocido con el Chepe allá en el Tucho porque los dos le estaban comprando perico al mismo jíbaro y al salir de ahí se parcharon los dos a meterse sus buenos pases y a hablar mierda. Le pregunté que si le gustaba el guaro y me dijo que claro, entonces el negro me pasó un botello y se lo ofrecí. Se metió severo chorro y no hizo ni un solo gesto cuando terminó. Entonces me dijo que el embale del perico le había hecho dar ganas de bajarse a alguien, porque con el Chepe habían metido a lo cerdo y no podía quedarse ni un ratico quieta. Le dije que todo bien, que conmigo pa’las que fuera, que antes de que ella llegara me había bajado esa chaqueta que tenía puesta, que a mí no me temblaba, que le hiciéramos de una. Dijo que listo, pero que nos abriéramos los dos solos y nos fuéramos de una. Entonces cogí un botello de guaro y les dije a esos manes que después venía, que no me demoraba y que no se fueran a abrir. Me dijeron faltón, que pilas, que esa vieja era una gonorrea, y mientras me abría con Marisol los maricas se quedaron cantando la canción del 5-27 pá pá, 5-2-7 pá pá.

Caminamos hasta la treintaicuatro con Caracas y ahí nos parchamos en una esquina para ver si pillábamos a alguien pagando. Pero nada. Pasó como una hora, se acabó el chorro y nada; hasta que una cuchita pasó frente a nosotros con una cartera que llevaba bien pegada a su pecho y apretándola con sus brazos. Esta es, pensamos, y sin decir nada la seguimos una cuadra y ahí le caímos. Quieta abuelita, no se me paniquié. Marisol le cortó la cartera en bombas mientras yo le apretaba la puñaleta por encima de los riñones que es donde la gente más se asusta. Eso salió breve y yo seguí corriendo a Marisol hacia el Parque Nacional, que quedaba como a unas seis cuadras. Ahí paramos y nos pusimos a mirar cómo había salido la vuelta. Cuando destapamos la cartera pillamos que había como un millón de pesos y resto de joyas en oro y plata. Había tanto billete ahí que no logramos decir nada durante un rato. Marisol se levantó y me llevó hacia uno de los lugares oscuritos del parque donde los novios se hacen para gozarse. Pensé en que este día iba a terminar una chimba: dos vueltas bien hechas, cargado en billete y ahora esto: Marisol, esta mujercita tan bien hecha y tan buena que estaba. Nos sentamos junto a un árbol que daba bastante sombra y ahí nos comenzamos a besar, pero esta felicidad comenzó a alejarse cuando sentí que ella me había metido su chuzo en el estómago y me decía todo bien papito, otra vez será, aguante si es que puede, ojalá se me quede aquí bien frito, y no me vaya a llorar, porque ahí si es que le meto su pepazo, y volvió a meterme otra puñalada antes de irse despacito y cagada de la risa. Mucha gonorrea, después de que salga del hospital la voy a buscar donde me dijo el Negro que se la parchaba con otros manes, o si no, me voy al Tucho y ahí la espero para poder quebrarla, y vamos a ver quien se queda frito primero.


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