viernes, septiembre 20, 2002

La Academia del Oído

Desde 1714 el idioma castellano cuenta con una Academia de la Lengua encargada de pulir. limpiar y dar esplendor al español. Esto ha sido fundamental para la pureza de nuestro idioma, pues la Academia ha servido como bumper para impedir que el slang y el argot foráneos se posicionen en nuestros países; tan solo el jet-set ha resultado vulnerable a las expresiones que nos artillean de afuera, pero ello se debe, como todos sabemos, que en tales braquetas de la población se considera in atropellar el idioma. No ocurre así, por supuesto, con todos nosotros, los demás.

Sin embargo, el castellano ha carecido de algo tan importante como la Academia de la Lengua, y es una Academia del Oído. Es por eso que miles de palabras han logrado colarse en nuestro idioma con música de una cosa y letra de otra. Quiero decir que las palabras, como las canciones, tienen letra y música. Una palabra sólida suena a lo que significa. La palabra "arrurrú", por ejemplo, es una palabra sólida. Pero con muchas otras sucede algo distinto: su melodía interna sugiere un significado, pero su definición propone todo.

La Academia del Oído velaría por la solidez de las palabras, es decir, por la armonía entre su música y su semántica. No hay derecho, verbigracia, a que orzuelo, una palabra tan hermosa, signifique algo tan poco atractivo como aquel grano colorado que ocasionalmente aparece en el ojo y lo afea, lo estrangula, lo irrita. Orzuelo debería significar algo desvaído y bello, como un atardecer cuando brilla el sol de los venados. ¿Se imaginan ustedes lo linda que sería la siguiente frase en una novela como María?

"Los dos amantes, entonces, caminaron tomados de la mano en dirección al río, mientras el orzuelo los bañaba con su luz dorada".

El crepúsculo, en cambio, corresponde fonéticamente a la familia de las enfermedades eruptivas. Uno acude al médico porque le apareció un crepúsculo en un ojo, o porque está agobiado por una serie de crepúsculos que le impiden sentarse. Parece mucho más lógico un orzuelo que alivie el dolor de los crepúsculos, que un crepúsculo que alivie el dolor de los orzuelos.

Sigamos con las enfermedades eruptivas, para que ustedes vean todo lo que puede haber en este mínimo capítulo del idioma. Un churrasco debería ser un grano enorme y purulento, algo así como un crepúsculo hipertrofiado. Pero no un apetitoso corte de carne. Si a un japonés que ignora por completo el español se le pone a escoger por puro oído un plato para el almuerzo, no se atrevería jamás a ordenar un churrasco. Supondría que un churrasco es algo que solo se cura con penicilina. Un lobanillo, en cambio, que es otra especie de grano, merecería expresar una idea menos asquerosa y más relacionada con su raíz. El lobanillo debía ser el lobito antes de cumplir los primeros seis meses: "La foto muestra a la loba alimentando a sus lobanillos". El diccionario dispone de una palabra distinta para los cachorros del lobo, a los que llama lobeznos. Pero el término lobezno suena a herramienta: "Páseme el lobezno, mijo, que tengo que arreglar la bicicleta".

Dársena es una de las más eufónicas palabras del castellano. Pero tiene un significado aburridísimo, que corresponde al sector del puerto adecuado para el descargue. Hay ciertas flores que podrían llamarse dársenas: un ramillete de dársenas, una dársena en el hojal, entregar una dársena amarilla como augurio de buena suerte. Lo que pasa es que en el mundo de la botánica también están mal asignadas las palabras. Cierta enredadera que inspiró poemas a Barba Jacob lleva el horrible nombre convólvulo. Lo lógico sería que el convólvulo sirva para designar determinadas intimidades anatómicas de las señoras, y no una planta tan poética como la que nombra. Podría ensayarse un intercambio de significados. Que la planta se llame dársena; que aquella interioridad femenina se llame convólvulo; y que la parte resguardada del puerto se llame trompa.

Una señora gorda debería ser una modorra, y una alcurnia debería ser un zapato terminado en punta. ¿Que mejor nombre para un plato de sopa de vegetales que coloquio? ("Hoy tenemos un coloquio delicioso, caballero: se lo recomiento con un poquito de ají"). ¿Y cómo no caer en la tentación de llamar a un arete pequeño zarina y a la zarina corrosca? La traducción de un autor ruso al español hablaría entonces de la corrosca, que estrenaba esa noche unas primorosas zarinas de diamante. El huracán sería un roedor americano, los alfandoques una tribu salvaje, las urracas unas sillas de montar con agarradera ("Caballero en su urraca partió don Quijote hacia la venta") y la lisonja debería ser, en vez de un piropo, un detergente: lisonja biodegradable.

Si se llega a fundar la Academia del Oído Español, sería preciso reescribir la literatura castellana para volverla más eufónica y acomodarla a las nuevas definiciones. Reconozco que esto sería un trabajo bastante exigente. Pero nos permitiría disfrutar de párrafos cuya melodía interna los hace casi bailables. Supongo, por ejemplo, que Macondo pasaría a ser "una aldea de veinte casas de chacueco y cebú construidas a la orilla de un río de aguas vahareras, blancas y lironas como tostones prehistóricos".


Daniel Samper Pizano.

(Publicado originalmente en el libro "Esto no es Vida", Intermedio Editores, Bogotá, 1990.)


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